domingo, 1 de mayo de 2016

La dama del piano.

Un día más se despertó con sueño y el cuerpo dolorido.
El viejo Steinway permanecía al otro lado de la gran sala con la tapa semiabierta. Tarareo las ultimas notas que la noche anterior habían salido de ese vientre de abeto. Aún en la cama y con los ojos cerrados se resistía a abandonar el cálido refugio de sus sueños.


Noruega esta muy lejos -pensó- y con gran esfuerzo fue abriendo los parpados.
El reflejo de los primeros rayos de sol incidió en las teclas que acaricio con extrema sensibilidad mientras se dirigía al vestidor.
Una melodía alocada inundo el ambiente de primavera.
Tardo mucho tiempo en decidir que ropa se pondría. Habia veces que hacia una lista de las posibles combinaciones de vestuario, para luego, en el ultimo momento, optar por un pantalón y una camiseta, ambos neutros.


Apuro el ultimo sorbo de café y se sentó de nuevo frente al Steinway. volteo las paginas de la partitura hasta el inicio, hizo un par de correcciones a lapicero y deslizo los dedos por el teclado con intensidad y armonía.
Al otro lado del salón la pantalla del ordenador permanecía encendida.  Los acordes repetidos de sus ensayos le llegaban a él por skype.
El se decía que formaban una curiosa pareja, una brillante pianista y un pésimo escritor, a las veces aprendiz de poeta, pues gustaba de imaginar versos al ritmo de la melodía que le llegaba un tanto distorsionada por la conexión.
La dama del piano era capaz de recordar y reproducir cualquier acorde, unas veces con su voz, que sonaba musical, otras con sus dedos frente a las ochenta y ocho teclas de ese piano que dominaba la sala, majestuoso.
En cierta ocasión el creyó que el piano estaba vivo, ella había introducido las manos dentro y como si fuera un arpa vertical lo despertó de su silencio, la primera nota fue desgarradora como un quejido que le sobresalto, intento agarrarse al manto de Manila que a veces hacia la función de guardapolvo para la superficie lacada del piano, cayo al suelo, ella no se inmuto, siguió extasiada en las entrañas del Steinway.
Los últimos días había estado trabajando sobre una obra de Falla, "El paño moruno", una rima campesina que el maestro ennobleció.
                                                        Al paño fino, en la tienda,
                                                        una mancha le cayó;
                                                        por menos precio se vende,
                                                        porque perdió su valor.
                                                                                        ¡Ay!






domingo, 17 de abril de 2016

16 de Abril.

  


 El ordenador portátil tardo un buen rato en cargar todo el contenido y permitirle que accediera a sus archivos, esa lentitud le exasperaba. Dio una bocanada al cigarrillo y lamentándose para sus adentros espero estoicamente. 
- Necesitas un Mac, en vez de esa antigualla que tienes-
 Lo sé, se replico a si mismo mientras el humo ascendía.
Aquí ya esta atardeciendo. De vez en cuando llega una racha de viento que agita los cristales como avisando de una noche inclemente.
- ¡Es lo que hay! Clamó como con retintín esa voz interior.
Aquella noche de hace dos años no estaba tan inclemente como esta, -¿recuerdas?.
-¿Hablas conmigo?
-Estoy tratando de recordar.
Nos permitió disfrutar de un atardecer en la terraza de aquella casa de comidas, parece que aún estoy viendo a ese peregrino.
-¿Tú.?
-No. El que iba con una bicicleta a la que había enganchado una especie de carrito para transportar mejor todos sus enseres. Despotricaba contra la rueda pinchada, a la que golpeaba.
Tú y yo, nosotros, supongo.
Sí, ella y yo contemplábamos la escena atónitos  ante ese compendio de blasfemias en un idioma ininteligible que el citado peregrino infringía a la desinflada rueda para luego lanzarla contra el suelo con rabia y sentándose en cuclillas al borde de la carretera. Con las manos en la cabeza, contemplo como la rueda trazaba una elíptica en el asfalto, justo frente a nosotros.
Eso de "elíptica" me suena. 
A ella también si lo lee.
-¡Lo sé!
Dentro del establecimiento, los parroquianos seguían atentamente el partido de fútbol, ajenos a la avería del peregrino y a nosotros.
No me gusta el fútbol, ese día quizás te lo comente, ahora ya lo sabes.
Yo ya lo sabía.
Tampoco me acabe la cena, el asado se quedo frío, creo que no pare de hablar, el camarero me retiro el plato, al ver que el tuyo ya llevaba tiempo vacío.
Tenias hambre y aprovechaste mi locuacidad para escucharme y comer a la vez. Dicen que las mujeres podéis hacer dos cosas a la vez  y los hombres, bueno yo a veces soy tan vanidoso cuando hablo de mi mismo. Me gusto verte disfrutar del yantar y aunque hoy, dos años después comentemos en plan jocoso que tu peso ha pasado de dos dígitos exactos a tener una "virgula" con un numero que oscila variablemente de un día para otro, algunas veces y esto es un suponer mio, debido a una ración extra de "bolo de chocolate". No importa, me sigues gustando, tú y el "bolo de chocolate".
A lo que iba.
Rubiaes, un alto, una parada, un lugar de encuentro, una aldea de partida, una casilla de salida, un espacio en la memoria, un punto en el mapa que se resalta cada dieciséis de abril al atardecer.
Aquella noche me perdí.
No solo en tus ojos, bueno, en tus ojos más bien me encontré, aunque no me di cuenta hasta un tiempo más tarde.
Te digo que me extravié, y esto es una anécdota que desconoces. 
Tú no, ella.
Cuando regresaba al lugar donde pernoctaba ese día era noche cerrada y apenas existía iluminación en aquellas calles de la aldea y yo andaba confiado en que llevaba la dirección correcta. Error característico de personas que caminan distraídas en su mundo interior. No recordé el camino de regreso, yo que recuerdo hasta la mesa donde me quede escribiendo hasta tan tarde, a un joven que  que me solicito un cigarro y con el que salí a la calle a fumar, inmiscuido en mi relato y sin perder de vista el ordenador de la mesa que antes ocupaba, la ropa que llevaba una chica con la que acaba de cenar y a un camarero que recargaba una cámara de bebidas.
El caso es que estuve dando vueltas  por el citado pueblecito sin sentido, calle arriba,  a la izquierda, derecha, calle abajo, por aquí no es, hasta que se me encendió la lucecita de la idea, sí, esa bombilla o ese "eureka" que nos ilumina, a veces a destiempo, otras tarde, claro que en este caso era una flecha amarilla.
Albergue de Rubiaes 2 KM.
Todo eso ocurrió aquella noche casi primaveral del 16 de abril y lo escribo ahora o me lo cuento a mi mismo antes de que la memoria me falle y el camarero me retire este yantar.
Feliz aniversario.






domingo, 28 de febrero de 2016

Colección de insomnios.

            Empiezo a conocerme. No existo.
Soy el intervalo entre lo que deseo ser y los demás me hicieron,
o la mitad de ese intervalo, porque además hay vida...
Soy esto, en fin...
Apaga la luz, cierra la puerta y deja de hacer ruido de zapatillas en 
el pasillo.
Quede sólo yo en el cuarto con el gran sosiego de mí mismo.
Es un universo barato.
                                      Álvaro de Campos.




Una noche más de un día vencido que me encuentra inapetente, cansado.
Entumecido de hastío.
Me sacudo los dolores, que caen en montoncitos al lado de la mesilla.
Resistiré, a ese enemigo que soy yo.
Me acurruco en la cama para dormir con la soledad.
Siempre me queda como un regusto amargo eso de no saber como hubiera quedado un "no" en vez de un "si".
Silencio.
Duerme ya, deja de coleccionar errores.
Ya no tengo miedo del silencio, aunque a veces no me deja estar en pie.
Del techo llueven recuerdos que golpean mi pecho como teclas de piano.
Música que calma el dolor, porque será, que esta canción, en la noche me duele más.
Tus abrazos han huido por la ventana, así, como si nada.
Atrapado, sin salida, entre la cama y la pared.
Nostalgia que amenaza mi locura con el aroma de la piel que bese.
Mi armadura brilla como claro de luna y lacera mi torso.
Sueño.
Pregunto a los recovecos del corazón por los saberes del amor.
Y vuelvo a empezar, a pensarte sin querer.
A viajar por la carretera de los afectos y los desafectos, donde siempre regreso
cansado, triste y sediento de tus besos.
Aprieto los parpados y busco consuelo en las estrellas de mis ojos ciegos.
Otro golpe más como un llanto para el corazón, que quiebra el espejo de las ilusiones.

Y así, aterido y frío me encuentra el alba, 
con la vida entera...
Resistiré, aunque tú, no duermas a mi lado.
Ven, sueño que vienes otra vez,
a vaciar el cajón donde guardo mis pañuelos de amargura,
empapados de llanto.
Me encuentro cansado
de dormir en el tejado
de frotar las estrellas,
de soplar a los vientos
para que tiemble con su aire
la campana que adorna
la terraza de tu corazón.
Sí, hoy te reclamo
para ajustarme con la vida.






domingo, 24 de enero de 2016

¡Parabens!

           "Uno escribe porque está desajustado con la vida"  (Ricardo Piglia)

Apenas han transcurrido unos minutos de este trece de enero.




Soledad
             hoy, precisamente hoy, no deseaba estar en este estado de aislamiento. Esta reclusión a ratos perfecta, en la que el sonido que produzco al golpear las teclas de este viejo ordenador se confunde con el eco de las palabras alborotadas que desde mi corazón tratan de buscar mi mente, 
         efímero
                     es,  ese corto espacio de tiempo entre los latidos desosegados por el abandono de las musas caprichosas que ayer invadieron mis sueños con su
                                                                                             epifanía para revelarme de forma sorprendente que una ilusión, es un regalo
                                                                       inmarcesible en nuestro corazón.
Aún te restan varias horas de este trece de enero. 
Duermes al otro lado de mi mundo
                                                          yo aún despierto bajo esta
                                                                                                  incandescencia solitaria con la que 
alumbro los borrones de mis escritos y la 
                    efervescencia de este liquido que en copa alzada te ofrezco. 
Sí.
Aún a sabiendas que solo permitirías  que el agua nacida en tu tierra bañara tus labios. Brindo por ti, por tu día, para que no haya 
                                                         olvido, esa acción a veces voluntaria de dejar de recordar.
Apuro esta copa antes de que mis ojos vean el
                                                                arrebol  de la madrugada.
Mientras,
 tú seguirás durmiendo mas allá de la 
                                                              aurora.
Caminaría por tus sueños 
                                           como un sonámbulo
y justo en el instante en el que tus pestañas 
mostraran la 
                      luminiscencia 
                                               de tus ojos
depositaria un beso
                              etéreo 
                                          en tus labios.
Ha transcurrido una
                                 época
                                             entre nosotros
y doy gracias a esa 
                                serendipia
                                                  surgida a orillas del río Limia.
¡Acaso Décimo nos llamo.!

Entre la 
              iridiscencia 
                                   de sus aguas
 tu nombre
 resuena como un eco
                                    melifluo 
hasta detener mis pasos.

Con esa imagen grabada
y en este estado de 
limerencia
prendido me encuentro aún.

Ese día perdí  momentáneamente la elocuencia
mientras os esperaba.
Hoy sois un motivo de inspiración.
El desenlace de esta historia: 
                                                  Dicen "toda palabra fue inventada de la nada"
                                                        yo,  quisiera inventar una para ti.

https://www.youtube.com/watch?v=SA38lZEyTzE

domingo, 20 de diciembre de 2015

El árbol de Navidad

El sonsonete de los números cantados por los niños de San Idelfonso se expandía por toda la casa como un eco acabado en euros, mil euros.


Mariana se entretenía sentada en la camilla de la cocina de la abuela junto con su hermano al que cariñosamente apodaba "Gu", con unas pinturas y un juego de rotuladores nuevos que su tía diestramente había puesto a disposición de los niños para evitar que anduvieran correteando por el salón que aparecía  recién adecentado.
Los dos niños no paraban de preguntar a su tía:
 -¡Ginha! ¡Ginha!, ¿cuando ponemos el árbol de navidad?
-Esperad, esperad un poquito a que se seque el suelo.
-¡Jooo! el abuelo también tarda mucho, protestaban los niños.
Todos los años su abuelo cortaba una rama de un pino que crecía en la linde de su quintal, cuando el compro la propiedad ya estaba allí y todos los años por estas fechas  una de sus ramas servia de árbol de navidad, a los nietos les hacía ilusión como antes a sus hijos.
Gu se encaramo en el escaño que había junto a la ventana.
-¡Ya viene avo! ¡ya viene avo! -grito- monto en su triciclo y salio hacia la puerta.
Mariana, Gu, vamos al salón, les indico su tía.
La niña agitaba un dibujo frente a ella mientras salían de la cocina,:
 -yo quiero que quede así, como el que he pintado, ¡te gusta tía!-


Todos se dirigieron al salón, en el centro ya había dispuesto la abuela una gran maceta que esa misma mañana mientras dormían los niños había forrado de papel de plata.
El abuelo coloco la rama de pino y la sujeto por el medio, indicándoles a los niños que fueran haciendo bolas de papel con los periódicos viejos a fin de sujetar la rama dentro de la maceta.
Los niños fueron apretujando bolas de papel en la maceta con alegría hasta que esta quedo llena.
¡Ya esta, ya no se cae, abuelo! -dijeron.
Muy bien, les contesto el abuelo mientras se sentaba en la mecedora.
Ginha, por favor, puedes bajar la caja de los adornos.
Ginha se descalzo, arrimo una silla al armario y del altillo saco una caja de colores.
 Se la dio a Mariana, Mariana a Gu y Gu se la llevo al abuelo.
Todos los años se establecía el mismo ritual, el abuelo les iba contando la historia del árbol de Navidad mientras los niños lo iban adornando.
¿Sabéis porque ponemos una rama de pino? - les pregunto mientras abría la caja de los adornos.
-Sí abuelo, porque tiene muchas ramas y los adornos no se caen, -le dijo Mariana con una gran convicción.
Sí, es cierto, los adornos no se caen, pero -sabes las hojas son perennes, como el amor, dijo su abuelo balanceándose hacia adelante para que Gu viera todos las bolas de colores que había en la caja.
Entonces abuelo,.. el amor es de color verde... y pere... -dijo Mariana.
Bueno, es verde y de todos los colores que tu quieres que sea, Mariana y "perenne" que quiere decir que nunca se estropea.
A mi me gusta el rosa, abuelo, ¿porque no hay un pino rosa?
El abuelo se quedo dudando un instante, si que los hay, mira, se levanto de la tumbona y tomándola de la mano, la acerco a la rama de pino, ahora cierra los ojos y apriétalos fuerte, mientras piensas en tu color favorito.
Mariana cerro los ojos convencida.
¡Siiii, es rosa avo!
Pero cuando abro los ojos es verde.
El abuelo le acaricio el pelo con afecto, claro, porque solo es rosa cuando cierras los ojos.
Gu, mientras estaba sacando las bolas de la caja y esparciéndolas por la alfombra.
Primero pondremos las bolas azules, a ver Gu, vete dándole bolas azules a Mariana. Primero pondremos las bolas azules que representan el arrepentimiento.
Abuelo, abuelo, -¿que es arrepentimiento?
Arrepentimiento...veamos... es por ejemplo cuando le quitas a Gu el coche que le regalaron por el bautizo y el se pone a llorar, tú te lo piensas un poquito y se lo devuelves, verdad, pues eso es arrepentimiento.
¡Bah! abuelo yo se lo devuelvo para que no llore y llame a mama.
Venga ahora pondremos bolas doradas, las doradas son como los premios, las cosas buenas que hemos hecho durante este año.
¡Ufff !yo he hecho muchas cosas buenas avo, he aprendido a montar a caballo, me he portado bien en el colegio, eso también vale, verdad.
Si eso también vale, -dijo el abuelo- .
Por tanto, continuo, ahora pondremos las de color plata para agradecer todas esas cosas buenas que hemos hecho y aprendido.
¡Abuelo, abuelo! ¡solo quedan las rojas! .
Hay muchas, ¿porque hay tantas rojas?, abuelo.
Las rojas son las peticiones.
Claro, abuelo, ya lo entiendo, Gu ha pedido muchos juguetes, bueno yo también -dijo Mariana- mirando a su hermano.
¡A que sí, Gu!
Bueno...bueno, tendréis que dejar alguna para tía, para la abuela, para mama, para papa.
Tía, tía, ¿tu que vas a pedir? la rodearon con sus brazos.
No se, no se, es un secreto.
Ahora, pondremos esta cinta larga de colores, para ir dando vueltas alrededor del árbol.
¿Porque ponemos la cinta, avo? -pregunto Mariana.
Veras, la cinta es para que todos estemos juntos, mira y dándole un extremo la coloco a Mariana junto al árbol, ahora Ghina ira dando vueltas alrededor del árbol y todas las cosas quedaran unidas.
Ya solo quedaba la estrella, y un juego de luces en la caja.
A ver, Gu, tu pondrás la estrella, dijo el abuelo y lo alzo sobre sus hombros, para que llegara a la parte mas alta.
Veis como brilla.
 Los niños la miraban desde abajo, sorprendidos, y ahora pondremos estas lucecitas para que cualquiera que pase las vea desde la calle, así sabrá que es Navidad.

¡Biennnn! gritaron los niños al unisono, ya es Navidad.

¡Feliz, feliz Navidad, la que hace que nos acordemos de las ilusiones de nuestra infancia, le recuerde al abuelo las alegrías de su juventud, y le transporte al viajero a su chimenea y a su dulce hogar! (Charles Dickens)














domingo, 22 de noviembre de 2015

Páginas en blanco




No me siento deseado, estoy triste.

Esta frase aparecía en varias páginas del diario y a continuación un amplio espacio en blanco, impoluto, premonitorio.

Hoy también le dije que estaba guapa, que la veía bonita con ese vestido que dejaba al descubierto sus hombros y parte de su espalda. en realidad esta bonita con cualquier cosa.
Dice que se lo compro en Valencia, pero que aquí hace frío y casi no lo usa, que necesita algo más confortable y rebusco otra prenda en el armario.
Tenia deseos de abrazarla y besar sus hombros lentamente mientras hacia descender la cremallera de ese vestido, en realidad tenia ganas de hacerla el amor, sera por los niveles de testosterona, no se donde he leído que son mas altos por las mañanas. 
Me he comido mi testosterona..., como hacia dentro. 
Mejor dicho, la he desayunado.
Me ha dejado una sensación extraña, como de dolor, de vacío o de grito, no lo sé.
No es el momento,  parecía repetirme la gaviota que suele posarse en el alero del tejado para devolverme a la realidad con sus graznidos.
Creo que le altera que golpee la cucharilla frenéticamente en la taza. A la gaviota.

Dos páginas en blanco, como si fueran una de espera y otra de transición.

Anoche me acosté mas temprano, no, no estaba cansado, le dije que me apetecía irme a la cama, que si se venia ella también.
Me fui desnudando de espaldas a la puerta y lo hice con premonición, despacio, esperando su llegada, por si me sorprendía rodeándome con sus brazos para soltar los botones de la camisa.
No ocurrió nada. 
Deje una luz tenue encendida y la persiana a medio bajar, la claridad de la luna se filtraba por los agujeros.
Espere, espere.
No merece la pena enfadarse antes de dormir, supongo que también lo he leído en algun lado.
He dormido bien. 
No quería quedarme dormido.
 ¿cuanto tiempo espere?

Un signo de interrogación ocupa toda la pagina, resaltado, como trazado repetidamente durante mucho tiempo, parte de la tinta había quedado impresa en la hoja anterior, como un calco.

Hoy me entretuve en la ducha, cerré los ojos y deje que el agua resbalara por mi cuerpo hasta que se agoto el termo y la sensación de frío me golpeo.
Contemple mi imagen en el espejo, todo era normal, supongo, al menos para mi. 
Solo nos habíamos duchado una vez juntos, no se porque vino a mi mente ese recuerdo, ni tampoco porque se mezclo con el que tenia cuando una vez la lave el cabello, eran como dos flash mentales con una alta carga erótica.  A fin de cuentas, la carga erótica estaba en mi mente, aquella vez no paso nada, bueno, mi testosterona se fue por el desagüe  creo que acompañada de pompas de lamento con fragancia de desaliento.

Varias páginas en blanco.

Hace varios días que he regresado y demasiados para que vuelva.
No se, creo que debo adquirir una planta.
Hoy he tomado dos cafés, estaría bien tener una planta con flores sobre esta mesa, no se porque pienso esto, puede que lo leyera en algun sitio y ese pensamiento a vuelto a mí.
Me haría compañía, sera mi subconsciente, me pregunto.
Sí, definitivamente comprare una planta, con flores. Se me da bien cuidar una planta.
Tengo que cuidar más de mí, ella me ayudara.



Entre las páginas en blanco,  pétalos de flor y una poesía.

Voy a arraigar en ti. Mis fuerzas más oscuras
remueven lentamente la tierra de tu alma.
Quisiera penetrarte y enraizar mi esencia
sobre la carne viva que nutre tu fervor.
Ahondaré en ti mismo y abrasará tu sangre
el fuego de la mía rebelde y soñadora.
Invadido por mi, derribaras la cumbre
que te aleja del cielo.
¿No sientes mis raíces? Tu tallo
florecido,
ebrio de sí, eterniza mi cálida
fragancia.
¡Irguiéndolo alzarás la copa de mi frente,
hasta volcar su zumo en los labios del sol!
                 (Ernestina de Champourcín)

domingo, 8 de noviembre de 2015

Domingo en la aldea.



Los domingos que dormía en la casa de la aldea solía despertarse antes que ella, por naturaleza, como acostumbraba a decirle,  -soy más de mañana-  le había expuesto al principio, poco tiempo después de conocerse.
Ella permanecía en la otra cama completamente tapada con los cobertores, apenas quedaba al descubierto un trocito de cara, eso le hacia gracia, sonreía para sus adentros mientras se vestía lanzando miradas furtivas por si  abría los parpados y le invitaba a compartir la calidez de su lecho, a veces se le dibujaba una sonrisa mientras se abotonaba la camisa al imaginar ese cuerpo tibio cubierto de edredones, eran pensamientos fugaces que desaparecían justo cuando recogía los zapatos y salia descalzo por el amplio pasillo alfombrado.
La puerta de la habitación apenas hacia ruido  al cerrarse desde que el la arreglo una mediodía, justo antes de la comida familiar de los domingos,  ese hecho lo recordó mientras se calzaba en la amplia baranda iluminada por los primeros rayos de sol.
Seria el tercer o cuarto fin de semana que pasaban allí; aquella noche se habían quedado en la cocina viendo una película en versión original , cuando se fueron a acostar, él intento cerrar la puerta sin hacer ruido, no hubo manera, tras el portazo se echaron a reír, sus padres  ya sabían que estaban en la habitación, se sintieron como dos adolescentes imaginando  las elucubraciones que surgirían en el dormitorio de al lado tras el golpe y las risas, a la mañana siguiente su padre se acerco con un destornillador y una lima , "portanto"  -dijo- y le indico la puerta, desde entonces él salia sin perturbar los sueños.

Descendía por la escalinata haciendo equilibrio para no pisar los caracoles que se replegaban hacia la madreselva que la adornaba. La perra, un cruce de perdiguero y  pointer se agitaba en su espacio reclamando su atención, le abría la puerta y se miraban cómplices antes de que ella saliera alocadamente hacia el gallinero donde se plantaba haciendo una muestra con su pata derecha, él sonreía alegremente, ambos recordaban sus tiempos de cacerías.



Encendía un cigarrillo y paseaba por la huerta caótica, donde todo crecía a su libre albedrío, una higuera pegada al gallinero ofrecía higos inalcanzables, volvería a podarla a finales de febrero, -pensó- , al lado un nogal había desprendido sus frutos, algunas nueces habían quedado atrapadas en el emparrado de los kiwis, piso sin darse cuenta un níspero maduro que la perra olisqueo antes de salir disparada tras un gato amarillo que trepo a un naranjo para luego saltar a un peral donde observo burlón a su perseguidora. Arranco unas hojas de las berzas que crecían al lado de las fresas y apurando el pitillo se dirigió de nuevo al gallinero donde arrojo las hojas a los "pintos", pronto alguno de ellos iría a formar parte de un arroz de cabidela, se le hizo la boca agua.
 Diana, la perra, se hacia la remolona, él la engatusaba con los cereales y accedía a dejarse encerrar de nuevo moviendo la cola.



El trayecto hasta el "tasco" era de apenas trescientos metros y discurría por la carretera nacional,  se encontraba ubicado al lado de la iglesia, suponía que como en casi todas las aldeas, a fin de cuentas la iglesia era un buen reclamo y parroquianos no habrían de faltar, la pequeña y oronda regente del establecimiento lo miraba con disimulo, sobre todo las primeras veces que fue, al igual que los habituales de esas horas tempranas de café y cachaza, el no le daba la mayor importancia y hasta le resultaba divertido.
Seguramente se preguntara la buena mujer quien seria aquel extranjero que le pedía un café con acento español. Hojeaba el periódico inmune a las miradas escrutadoras a la espera que ella le "ligase" al móvil, sí, le gustaba utilizar esa palabra en otro contexto, como otras muchas que luego adaptaba en sus escritos.
Instantes antes de que ella le "ligase" acaba de leer un prologo de Clara Ferreira Alves sobre la poesía de Alvaro de Campos: "Nada há de mais perigoso num escritor do que o coraçao romántico. O coraçao romántico faz perder o controle do verbo e da técnica..." , solía quedarse pensativo con el bolígrafo entre los dedos y luego escribía algo en su bloc.
Cuando ella le ligaba el pagaba los dos cafés consumidos y desandaba el camino hacía la quinta.